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Los años dorados están por venir.

Enviado especial a Saint Louis, Estados Unidos.

El aleteo de una crisis global con diferentes condimentos todavía no se ha hecho ver por los invernáculos y laboratorios donde se invierten tres millones de dólares por día en nuevos genes y cultivos para hacer crecer la producción de alimentos.

Y, a juzgar por lo que dicen quienes toman esas decisiones, tampoco cabe esperar cambios importantes en la tendencia. Más bien, observan que el negocio agrícola surge como un oasis por sus condiciones de demanda y de precios con fundamentals que llegaron para quedarse.

Se reconoce, sí, que el contexto está signado por algunas amenazas para productores y consumidores, que vienen por el lado de las barreras, políticas regulatorias y escaso conocimiento en muchos actores sobre los beneficios que aportan las nuevas tecnologías que buscan duplicar la producción de alimentos en los próximos años.

Tanta convicción tienen sobre la tendencia de fondo los grandes jugadores de esta industria, que están reorientando y afirmando el foco de sus inversiones, como es el caso de Monsanto.

“Nos preocupa la crisis global, pero soplan nuevos vientos para la agricultura; cuando las cosas marchan bien, los estadounidenses hablan del momentum , y las externalidades son muy positivas para nuestra actividad. Por eso hemos rediseñado nuestra estrategia y hoy somos una compañía ciento por ciento agrícola que invierte más de mil millones de dólares por año en nuevos productos biotecnológicos”. En estos términos se presentó el mejicano Jesús Madrazo, líder del negocio internacional de Monsanto, durante la visita que realizó esta semana La Voz del Campo junto a un grupo de periodistas sudamericanos a los complejos de biotecnología y mejoramiento vegetal, cada vez más equipados y ampliados, en Chesterfield, cercana a Saint Louis, en el estado de Missouri.

Emergentes. A punto de cerrar un nuevo ejercicio económico, la compañía perfila en 2011 “un año muy bueno”, indicó Madrazo, creciendo por encima de los dos dígitos fuera de los Estados Unidos, donde llegaría a un 40 por ciento de participación.

La perspectiva es superar y cambiar la antigua relación de 60 por ciento de ingresos de la compañía dentro de la geografía estadounidense.

Cada vez pesan más los emergentes externos, como Brasil, donde Monsanto iniciará la comercialización de las nuevas sojas Intacta, RR2YBt, y la Argentina, donde comenzó el retorno tras la crisis de las regalías en 2003 y prevé lanzar la misma variedad con resistencia a herbicidas, insectos y plus de rendimiento en 2014.

Durante el año pasado, la compañía tuvo ingresos por 10.500 millones de dólares, y la previsión va por unos 17 mil millones hacia 2016 y 25 mil millones de dólares al final de la década; para lo cual está construyendo su masa crítica, que se advierte en la ampliación y el equipamiento de los laboratorios de investigación.

Binomio líder. Según Madrazo, en los próximos cinco años el crecimiento provendrá de la mano del maíz, pero en la segunda mitad de la década “vendrán los años dorados de la soja”, con la nueva variedad Intacta, ya lanzada en Brasil para la nueva campaña.

“Hay 120 millones de hectáreas en Sudamérica para la soja. La sana competencia entre Argentina y Brasil permite acelerar el proceso regulatorio y esto nos incentiva a invertir en tecnologías. Esto responde a nuestras tres premisas: que haya reconocimiento a la propiedad intelectual, un sistema regulatorio predecible y captar un valor justo por las innovaciones”, sostuvo Madrazo.

Misión sudamericana. Durante la recorrida, que se extendió al Farm Progress Show, en Illinois, Pablo Vaquero, vicepresidente de Monsanto para Sudamérica, explicó cómo será la estrategia de la compañía en la región.

El directivo no descartó, ante una consulta de La Voz del Campo, que en la Argentina se instrumente un sistema de cobro diferenciado de regalías, como en los Estados Unidos, según el impacto de los eventos en distintas zonas agroecológicas. “El método todavía no está diseñado; recién se empiezan a hacer los ensayos comparativos en las distintas regiones agroecológicas. Lo ideal sería que para un grupo de madurez determinado, que va a tener un beneficio determinado por la situación agroecológica de la región donde va a ser utilizada esa tecnología tenga un valor diferente. Lo que sí es importante tener siempre en mente cómo se reparte el beneficio entre los distintos actores”, amplió Vaquero.

Respecto de la soja Intacta, de resistencia a herbicidas e insectos en la misma planta, explicó que fue desarrollada específicamente para Latinoamérica sur. Se está haciendo la multiplicación en campos de 500 productores en Brasil. Si bien aún no está definido y no fue anunciado el precio de la bolsa, se espera que, en la ecuación económica del valor añadido por la tecnología, entre el 60 y el 70 por ciento quede en manos del productor. Intacta no sólo será comercializada por Monsanto, sino también por otros semilleros locales y regionales, como Nidera y Don Mario.

En la vereda del maíz, se prevé que la demanda de la próxima década debería insumir 40 millones de hectáreas adicionales; por eso la industria agrobiotecnológica trabaja sobre el eje de los rendimientos y más eventos combinables con variantes en el manejo del espaciamiento, la densidad, especialización de la maquinaria: “la chacra computarizada”, como definió Robb Fraley, jefe tecnológico de Monsanto.

“Aunque resultará difícil encontrar 40 millones de hectáreas más para el maíz, en la Argentina la superficie va a crecer un millón en la nueva campaña y la tendencia es que siga en creciendo y quizá se duplique el área en los próximos cuatro a cinco años”, indicó Vaquero.Durante su presentación en el Farm Progress Show (en Decatur, Illinois), Braley reiteró que “la solución para alimentar al mundo pasa por un escalamiento significativo de los rendimientos”, con foco en el mejoramiento genético y las biotecnologías.

En el tour tecnológico dentro de la exposición, el colombiano Juan Carlos Buitrago mostró una secuencia de casi 50 años, desde cuando no existían los maíces híbridos o la soja se desmalezaba a mano y no tenía protección contra insectos. Los rendimientos no superaban los 4.500 y 1.500 kilos, respectivamente.

Desde la primera planta biotecnológica en 1981, una petunia, corrieron las innovaciones productivas. La DPA (el organismo que administra en Estados Unidos las regulaciones vegetales) ya aprobó el uso de refugios para insectos en la misma bolsa de semillas, con un cinco por ciento de material para ese fin.

En el plot pudieron verse los ensayos de “arreglo poblacional” de las plantas en el lote, equidistantes a 30 centímetros; la acumulación de eventos (hasta 20 en un maíz de futura generación) demanda adaptaciones en el plano agronómico y en la maquinaria.

Los productos en semillas sobre los que se trabaja hacia adelante comprenden tolerancia a sequía, genes específicos de rendimiento y resistencia a enfermedades, eficiencia en el uso del nitrógeno, control de malezas (así vendrá la soja BtRR2-Dicamba, una nueva generación de herbicidas) y una segunda generación para control de insectos.

Rendimiento intrínseco. Una nueva estrella en el firmamento de las semillas que vienen es lo que los científicos denominan el “rendimiento intrínseco”, otro evento que tiene como futuro destino a la soja sudamericana.

Con la soja RR2, para llegar a los plus de cinco a siete por ciento en los rendimientos fue necesario descubrir el punto exacto donde se injerta el gen en el germoplasma.

“En las sojas RR2, los productores están encontrando cuatro, cinco o seis granos por vaina; y la que tenga el gen del rendimiento intrínseco tendrá posibilidades de responder aún mejor por genotipo y a la aplicación de nutrientes”, explicó Buitrago.

 

Fuente: La voz

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